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Cuando uno se interna en las canciones de Violeta Vil corre el riesgo de verse atrapado en el cosquilleo y la inquietud de quien se extravía en un espectral y enmarañado bosque encantado. O, quizás más apropiado, el auténtico temor no habita entre brumas y plenilunios, sino que se revela en toda su claridad bajo un implacable sol cenital que hace retroceder a las sombras. Así descubrimos que las lápidas y los cocoteros, lejos de ser elementos antitéticos, conforman un único desasosiego en el que todo verano es tedio, es condena y es nada.

En este viaje de fábula y sueño nos sirve de guía la voz sugestiva y delicada de Mónica Di Francesco, como quien se aferra a la pequeña mano de las hadas. Pero, como ocurre en los cuentos más aterradores, las hadas son seres crueles y todo aquel cegado por su belleza sólo logra condenarse. Inevitablemente acabamos sumergidos en aguas tan dulces como pantanosas, mientras flotan a nuestro alrededor atormentados amish high-tech, fabulosas abuelas moradas como berenjenas y todo tipo de flores hipertrofiadas con perfume de láudano.

Esta geografía de trópico ponzoñoso tiene también su ventisca de hielo, que repentinamente se levanta y azota las canciones. Las guitarras de Yanara Espinoza tienen de las tormentas su dramatismo y su rotundidad; de los copos de nieve imitan su secreta orfebrería. Son guitarras que merodean por el filo de las canciones, se ocultan, a veces son sólo una caricia juguetona por el lomo de la melodía y a veces un zarpazo que desgarra las costuras de la música.

∆ Próximamente single de adelanto de su primer disco disponible en Septiembre en LP/Digital.

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